El jazz latino es una música en encrucijada.
Es un encuentro de singularidades. Es la
alteridad cultural.

Por su naturaleza personifica el hibridismo;
es, también, una música de resistencia
anclada en las experiencias vividas por
distintas comunidades que se encontraron
en Nueva Orleans durante el siglo XIX.

En esas comunidades se reunieron
elementos del caribe, europeos, africanos e
incluso asiáticos.

Desde sus inicios, el jazz latino ha sido el
testimonio musical de diversos movimientos
migratorios: es memoria social y cultural; con
independencia de sus diferentes estilos y
escuelas, ha probado ser el punto de
encuentro de personas que se sitúan en la
intersección de culturas distintas.

Si, como lenguaje, el jazz  puede servir de
modelo hermenéutico para las relaciones
interculturales, entonces se convertiría en la
primera música planetaria; es decir, una
música coordinadora a la cual se le pueden
confederar todas las músicas populares del
mundo.

El jazz ofrecería pues un espacio de diálogo
entre diferentes racionalidades culturales y
musicales.

Tras un periodo de resistencia, de
unificación y constitución de identidad , el jazz
entraría, así, en la segunda fase de su
desarrollo histórico, su etapa federativa; es
difícil saber si tendrá una tercera –o cómo
será– pues el futuro sólo parece ser un
simple asunto comercial.

Un futuro indeterminado, se podría decir. Un
desafío pues.

Música cuyas formas se abren al mestizaje,
música nómada que hace malabares con la
sintaxis de las músicas que la enriquecen –y
que no se deja reducir a ninguna función
única y precisa–, música de fusiones con
identidades múltiples que sale de puertos
como Nueva Orleans, La Habana, Nueva
York o Buenos Aires, el jazz latino es una
comunión de ritmos afrolatinos, de
estructuras armónicas y de improvisación
propios del jazz.

Con el paso de los años, se ha abierto de
igual manera a las melodías y los ritmos de
los pueblos amerindios, quechuas, nahuas,
mayas, guaranís y tupí-guaranís, que como
mezclas y mestizajes constituyen una
dinámica fundamental.

El jazz latino está siempre en movimiento y
pone su futuro en las manos de otras
músicas a las que ayuda a proteger la
excepción. Es ahí, en el movimiento, donde
reside su fuerza.

                           *****
En los tiempos de la esclavitud, se trataba de
guardar los ritmos de los esclavos cautivos en
territorios cerrados. Así, el saber de una
comunidad se reducía, se confinaba. Hoy
liberados, esos ritmos y sus descendientes están
en todas partes, aún tienen la resonancia de ese
saber. Por ello, se puede decir que la música viaja
al final de la memoria y explica lo vivido en un
tiempo reorganizado. Los arreglos
contemporáneos de melodías tradicionales, la
aplicación de figuras tradicionales a las
composiciones de jazz, la improvisación y el uso
de tecnologías nuevas para volver a visitar
grabaciones antiguas, son otras tantas iniciativas
que caminan en el mismo sentido. El jazz latino
crea su propio espacio; arreglistas y
compositores proyectan así el pasado en el
presente para reinventarlo sin cesar. El pasado es
movimiento. Sin embargo, al día siguiente de la
abolición de la esclavitud, algunos músicos
quisieron ignorar, entiéndase suprimir, esos
recuerdos rítmicos que habían traído desde sus
tierras natales. Olvidarlos era olvidar la esclavitud.


En la actualidad, ese saber corre el riesgo de
perderse en la masa musical informe que invade
todos nuestros espacios; una masa revuelta en
un molinillo cultural para agradar a cualquier
gusto. Es aquí donde el músico debe intervenir de
verdad; debe decir la verdad. Verdad, una palabra
que viene del griego antiguo aletheia y que
significa descubrir, quitar el velo, actualizar lo que
hasta el momento estaba disimulado pero que
también implica el concepto de verdad, de
verdadero, de auténtico. Los músicos han cazado
el tiempo en el espacio; el tiempo ha llegado
ahora al presente con su bagaje y el músico debe
darle una forma. Al descubrir el saber, el músico
hace de su cultura una experiencia colectiva y su
búsqueda de identidad individual puede, a su vez,
desembocar en la creación de una identidad
colectiva. No obstante, debe haber un lado
efímero en la re-interpretación de las memorias
musicales, como un guardalado, y es en la
sucesión de estas fotos instantáneas donde vive
la efervescencia, el movimiento del jazz latino.
                                
El jazz latino también es una experiencia, del latín
experior: ensayar, hacer la prueba de, intentar.
Colabora a enriquecer el conocimiento; si nos
procura placer y emociones, del mismo modo
puede ayudarnos a comprender mejor nuestras
experiencias humanas.

Como una etnia cuyos movimientos se redefinen
sin cesar, sus músicos, movidos por sus propios
deseos e ideales, rediseñan constantemente sus
identidades –y quizá también las nuestras–.

A través de las nuevas identidades que se expresan
por el prisma del jazz latino, se manifiestan y se
mantienen una diversidad cultural y un conjunto de
ritmos con sus conocimientos; son prácticas
artísticas que producen encuentros, aperturas en las
alteridades. Las diferencias culturales que no
necesitan reconciliarse son más que un alimento
espiritual: ellas representan en sí mismas una
resistencia social, intelectual y moral; primero,
porque permiten al músico expresar su humanidad,
el apego a su cultura –“quiero mantener el carácter
único de mi cultura”–; pero también, porque esta
aclaración manifiesta un deseo de resistirse a una
forma de globalización que apunta a hacer
desaparecer su cultura o, más bien, a una
mundialización que está apunto de crear una cultura
global por medio de la colonización de las
conciencias; una cultura en la cual todos seríamos
peones intercambiables, habituados a los mismos
gestos, a las mismas palabras mecánicas. Sería el
advenimiento de un tiempo presente permanente y
globalizado que nos impediría mantener contacto
con nuestro pasado. Similitud, uniformidad,
monotonía. Una cultura de la banalidad en la cual,
bajo el camuflaje de una falsa diversidad, a cada
instante, desaparecen músicas, lenguas, especies
animales.


Si la globalización , esta conquista de territorios,
cuerpos y almas, parece ser un fenómeno
irreversible, convendría preguntarse en qué términos
se dará para los artistas y los músicos . Estos
últimos, en lugar de ver su producción musical
diluida en la masa, pueden diseminarla y fracturar
aquello que tiende a globalizarse, esto, a través de
prácticas transgresivas como la auto producción, la
promoción y la distribución de su música por medio
del Internet.

También se puede constatar que, de manera
paralela a la mundialización, se opera una
fragmentación del ser bombardeado de manera
constante por nuevos criterios socioculturales; una
fragmentación que encierra el concepto mismo de
migración y el de incoherencia. Una incoherencia
que también puede provocar un retorno a ciertas
raíces.
identidades

en el  jazz latino
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